Así como las aguas engulleron al viejo Riaño, yo también me siento hundida.
Soy un pueblo sumergido, despojado de su historia y vendido al olvido.
Hoy he visto la miseria humana, el cieno oculto en las raíces que nunca quise desenterrar.
Aquella rama que siempre me repugnó, hoy muestra su verdadero rostro:
es podredumbre disfrazada,
es barro y sombra,
es vergüenza hecha carne.
Se alzó contra mí la inmoralidad disfrazada de virtud,
la soberbia hecha palabra: marrana,
lanzada como piedra desde un falso altar,
como si mi vida fuera barro
y la suya, oro sin mancha.
Y en ese instante me vi
cercada por voces que me condenan
sin poder tener defensa alguna,
ramas que me acusan por florecer sin permiso.
Como Riaño, yo también fui traicionada,
mi tierra natal vendida sin voz ni defensa.
El pantano se acerca, sus aguas frías me rodean,
y sé que no podré luchar contra la marea.
Hoy me siento como un árbol desgajado,
con ramas enfermas y raíces heridas,
con un corazón que late bajo el agua,
resistiendo mientras puede…
Y aun así, desde lo profundo, escucho tambores.
No sé si vienen de la tierra que me sostiene
o del fuego que me impulsa a avanzar;
no sé si me llaman al abrigo del hogar
o al riesgo valiente de mis pasos.
Solo sé que entre susurros antiguos
arde una brasa oculta,
y aunque el agua me cubra,
esa llama espera el instante
de volver a levantarse.


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