Duelo en el Armario

Tengo un armario donde guardo emociones encontradas: piezas tejidas con rabia, otras bordadas de melancolía. Cada vez que lo miro me recuerda los vestigios de un futuro que nunca germinaron, de sueños que quedaron suspendidos, historias inacabadas, un eco de expectativas truncadas, un amor entregado pero nunca recibido. Cada prenda, con su peso invisible. Es el vacío que deja el dar sin retorno, el reflejo de lo que puse en esas relaciones y lo que nunca se materializó en ellas. Duele porque en esos sueños y futuros proyectados estaba todo de mi.

Quizá el dolor no viene solo de sus ausencias, sino de lo que simbolizan: una inversión emocional, un futuro. Tal vez es una parte del duelo, no solo por ellos, sino también por la versión de mi misma que existió en ese amor que, a pesar de todo, fue real desde mi lado.  

 Me cuestioné si yo era el problema, como si el acto de dar generosamente pudiera ser un error. Pero el amor, tal como lo entregué, nunca fue un defecto. Es una prueba de mi capacidad de sentir intensamente, de apostar por lo que creíste  que valía la pena.

Tal vez lo que más duele no es lo que di, sino lo que esperabas recibir y no llegó. Pero eso no significa que haya algo mal en mi, sino más bien en la incapacidad de otros para corresponder a mi grandeza. 





 

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