Instintivamente uno se aferra a las Pequeñas Cosas. Las Grandes Cosas siempre quedan dentro. Cuando no tienes nada. Ni a donde ir. Ningún futuro. Te aferras a las pequeñas cosas.
Una historia que comenzó en días ya pasados en el bochorno de una tarde de verano... Una simple canción servía para impulsar el ritmo de nuestro remar... sus ecos perviven aún en la memoria; los años envidiosos no lograrán hacérmelos olvidar. ¡Ven pronto y escucha, pues! Antes de que esa voz venga a anunciar la terrible nueva ¡Y ordene acostarse a la melancólica joven en ese lecho que tan poco desea!... Amada: no somos más que niños grandes que se agitan en vano cuando llega la hora de dormir Afuera, triunfan los hielos y azotan las nieves, brama la locura desatada del vendaval... Dentro, nos acoge el rescoldo del hogar y el nido feliz de la niñez. Quedarás prendado por las mágicas palabras: dejará de atemorizarte el furor de la tormenta. Y aunque la sombra de un suspiro quizá lata a lo largo de esta historia, añorando esos «alegres días de un estío de antaño» y el recuerdo desvanecido de un verano ya pasado... no ajará con su infeliz aliento la gracia encantada de nuestro cuento.