Duelo en el Armario

Tengo un armario donde guardo emociones encontradas: piezas tejidas con rabia, otras bordadas de melancolía. Cada vez que lo miro me recuerda los vestigios de un futuro que nunca germinaron, de sueños que quedaron suspendidos, historias inacabadas, un eco de expectativas truncadas, un amor entregado pero nunca recibido. Cada prenda, con su peso invisible. Es el vacío que deja el dar sin retorno, el reflejo de lo que puse en esas relaciones y lo que nunca se materializó en ellas. Duele porque en esos sueños y futuros proyectados estaba todo de mi.

Quizá el dolor no viene solo de sus ausencias, sino de lo que simbolizan: una inversión emocional, un futuro. Tal vez es una parte del duelo, no solo por ellos, sino también por la versión de mi misma que existió en ese amor que, a pesar de todo, fue real desde mi lado.  

 Me cuestioné si yo era el problema, como si el acto de dar generosamente pudiera ser un error. Pero el amor, tal como lo entregué, nunca fue un defecto. Es una prueba de mi capacidad de sentir intensamente, de apostar por lo que creíste  que valía la pena.

Tal vez lo que más duele no es lo que di, sino lo que esperabas recibir y no llegó. Pero eso no significa que haya algo mal en mi, sino más bien en la incapacidad de otros para corresponder a mi grandeza. 





 

...BebiO del caNTARo...

 



Apolonia me dió a mí

agua en un cántaro nuevo

el cántaro se rompió 

y el agua no cayó al suelo...


El cántaro cayó al suelo, pero él no dudó. La tomó por la cintura y la condujo hasta el lugar donde se horneaba el pan.

Allí, apoyándola suavemente contra la pared de piedra  se inclinó sobre ella y la besó. Ella respondió sin vacilar. Sus dedos se deslizaron por su pecho, desabrochando con destreza algunos botones de su camisa hasta encontrar el vello que tanto le gustaba acariciar y que enrredaba sus dedos en el.

Él, en cambio, la sujetaba con firmeza por la cintura, mientras que con su otra mano se aventuraba bajo la tela de su blusa, recorriendo su piel con ansiedad. Sus cuerpos comenzaron a moverse. 

Bebio del cántaro 










..la norIA...

 

Ya solo quedan algunos pedazos de lo que fue la noria. Esa mañana la acompaño de nuevo a los Coscojares. Cada vez que había ido, lo había hecho con él. Le encantaba estar en su compañía, aunque el vigilante siempre estaba atento y la observaba desde lo alto. En el fondo los observaba a los dos, al igual que hacía con Apolonia.  Esa mañana fue especial

Allí, en mitad del camino que atraviesa el gran cortijo descansan las ruinas de una vieja noria que una vez dio vida a ese lugar. Rodeada por el susurro del viento, eucaliptos y la sierra a sus pies, su estructura de madera rota y desaparecida casi en su totalidad es testigo de esa vida pasada. 

Las piedras, desgastadas por el tiempo y el abandono, evocan las risas y las penas. En esos días, la noria giraba incansable, el burro giraba al ritmo de las estaciones, extrayendo el agua para los cultivos y alivio para el ganado. Era una buena finca.

Hoy, solo queda el esqueleto de lo que fue. Las vidas que una vez se entrelazaron con sus maderas desgastadas son ahora recuerdos difusos, historias que se desvanecen con cada paso del tiempo. La noria, en su estado ruinoso, es un reflejo de la fugacidad de la vida, y de eso sabía bastante, aunque aún conserva la esencia de un pasado que nunca será olvidado.

El lo descubrió,  se lo mostró y le  relató la historia de un día en la vida de la noria...la volvió a transportar donde los dos encontraban la felicidad .. y el guarda también. 

Había comprado el sastre un tenor, en la Feria de Cuevas, cuando volvía hacia Albanchez - acompañado de mas de treinta paisanos montados en sus caballerías- y todo el camino vino tocándolo y trovando por malagueña. Bajando la cuesta de Los Coscojares ...la vió al lado de la noria, estaba llenando un cántaro de agua. Cuando llegaron junto a la noria, se aperon de las caballerías  para darles agua y descansar un rato, mientras almorzaban. Al verla, la saludó cortésmente mientras se pasaba por la frente el pañuelo de la mano:

- buena moza, me alegro de verla de nuevo 

Y ella le dijo:

-permítame buen hombre, deme el pañuelo...

Le alargó el sastre el pañuelo y ella se lo lavó en la balsica de la noria y lo tendió al sol, sobre un romero.

El sastre, con su ingenio albanchelero, le trovó:


En Coscojares vivía

la que me lavó el pañuelo

lo lavó con agua fría

y lo tendió en un romero

mientras que me sonreía...

Se despidió de ella, con ternura la miró  y marchó. 

Ella cogió el cántaro y partió hacia el cortijo. A Apolonia se le dibujo una sonrisa en su carica, y aunque de reojo lo miraba  alejarse, sabia que, de alguna manera, sus caminos se volverían a cruzar.

Igual le pasaba a ella.