Decía la gente que ella le había salido en todo a aquella por la que llevaba el nombre, su abuela paterna, la madre Apolonia. Era la moza, alta y muy guapa, llamaba la atención su hermosísimo pelo, siempre tan limpio y bien peinado en una trenza recogida hecha un moño. Sus modales refinados extrañaban entre las vecinas, que la envidiaban secretamente ...y algunas le echaban buenos maldeojos...la medalla de Santa Apolonia y un escapulario retocado en el manto de la Virgen de la Cabeza del Cerro...siempre la libraron de todo mal...
...que guapa era la moza, era un sueño hecho carne, con su melena rubia como hilos de oro, siempre recogida en una trenza que enmarcaba la delicadeza de su cuello. Sus ojos, de un verde dorado como la miel al sol, brillaban con una dulzura traviesa, y su sonrisa, siempre presente, era irresistible, al.igual que el hoyuelo de su barba. Su cuerpo, esbelto y grácil, se mueve con una elegancia natural y más parecía hija de un señorito, de un alcalde, que de un cortijero.
El sastre, por su parte, era un hombre de porte varonil, con el cabello negro como el azabache y unos ojos profundos donde se reflejaba la astucia y la nobleza de su espíritu. Sus manos, firmes y hábiles, hablaban de su oficio, pero también de su destreza para la caricia. Su voz, al trovar y cantar, era un hechizo que hacía suspirar a más de una, aunque su deseo, inquebrantable era para ella.
Más de una vez, en la soledad de su casa en Albanchez, el sastre cerraba los ojos y la veía allí, esperándolo bajo aquel viejo algarrobo. La brisa jugueteaba con su vestido de lino blanco, que se ceñía a su cuerpo y dejaba entrever la delicada curva de sus muslos, sus largas piernas y la suave insinuación de sus pechos. Su piel parecía hecha de luz, y su cabello, suelto por primera vez en su imaginación, caía como un río dorado sobre sus hombros.
Soñaba con acercarse despacio, con el pulso acelerado, con rozar primero el hoyuelo travieso de su barbilla con la punta de sus labios. Sentir su aliento tibio, su respiración entrecortada. Sus manos ansiosas descenderían, descubriendo la suavidad de su piel más abajo de sus caderas, temblando al recorrerla, al perderse en su aroma a romero. Pero lo que más le inquietaba, lo que le hacía contener el aliento incluso en sueños, era su sonrisa… esa sonrisa que parecía adivinarlo todo, que lo desnudoaba. Sabía de la inteligencia de la moza y eso lo enloquecia.
Ella, por su parte, no podía apartar de su mente aquel instante en que lo vio montar su yegua negra, camino de Cuevas. La elegancia con la que se acomodó en la silla, el porte impecable, el traje resaltando su figura. Pero sobre todo, esos ojos… profundos, oscuros, ardientes, clavándose en los suyos como si le confesaran un secreto que solo ellos dos entendían.
Sabía que cantaba, que su voz era un embrujo para muchas, y en sus pensamientos lo imaginaba susurrándole coplas al oído, versos con deseo, mientras sus manos fuertes y seguras se deslizaban por sus caderas. Casi podía sentir el calor de sus dedos trazando su silueta, el roce de su aliento en su cuello, el vaivén de su propio cuerpo respondiendo, sin quererlo, a cada nota de aquella melodía que la susurraba.


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